Les presento uno de mis primeros cuentos.

Era muy consciente de que llevaba el arma conmigo. Su peso y su frío metálico generaban de cuando en cuando escalofríos en mi espalda. La había comprado gracias a una suerte de impulso –sin dudas la borrachera había ayudado mucho, pero no voy a culparla de todos mis males, sería hipócrita de mi parte. La borrachera no me obligó a casarme con una mujer que no deseaba ni tampoco me obligó a tener una hija que me retenía sin remedio en un lugar fijo.

Sentado en el auto, mientras esperaba para entrar a la sala mayor del Teatro de Palermo bajo una lluvia torrencial (no sé realmente bien por qué esperaba en el auto), recordaba aquellos jóvenes años de trotamundos, aquellos lejanos y anhelados años en los que viajar y conocer conformaban mis preocupaciones. Muy por el contrario, el presente me encontraba atado de pies y manos a una realidad que despreciaba, que aborrecía con todo mi ser.

De más está decir que el género policial no era mi predilecto, más allá del éxito de mis cuentos. En aquellos exultantes años en los cuales recorría los mercados de especias turcos soñaba con escribir la novela del siglo XXI. Estaba convencido de que escribiría la novela del siglo XXI, más allá de que los bocetos no pasaran de las diez páginas. El policial fue una excusa para generar recursos económicos, jamás conformó una satisfacción estética.

Antes de bajarme del auto, ya con la entrada en la mano y bien cubierto con un sobretodo, recordé mi recorrido por los Balcanes: las borracheras y las noches alocadas en Bulgaria, el imponente fuerte de Dubrovnik, la multicultural Bosnia Herzegovina, la desolación y la injusticia en Kosovo. Pero sobre todo recordaba a las deslumbrantes serbias, con sus cabellos oscuros y sus ojos claros, con su elegancia parisina y su calidez latina. No era casual que todos esos recuerdos inundaran mi mente mientras daba los últimos pasos en la escalera que conducía a la obra de mi hermosa Svetlana.

Esa noche brilló como nunca antes. Hicimos el amor como nunca antes. Ya en su departamento disfrutaba del éxtasis que generaban su cuerpo y el mío unidos en un acto mágico. La decisión la había tomado hacía meses ya, pero por una cuestión de cobardía lo venía postergando. La situación era insostenible y sabía, muy dentro mío, que esa era nuestra última noche, por más que entre vasos de whiskey nos juráramos amor eterno. De repente, sentí que había llegado el momento. Sudaba y temblaba, pero estaba seguro de lo que hacía. Debía ponerle fin a todo esto. La observé por última vez con detenimiento, tan radiante y preciosa como siempre. Con simpleza, levanté el arma hacia mi cabeza y jalé el gatillo.

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